Experiencias con Dios

Pensaba en suicidarse

Son tantas las formas en las que Dios ha impactado mi vida a través de las visitas que hacemos a las personas en Nueva Tablada, que poder tomar una sola de esas ocasiones ha sido un trabajo difícil. Sin embargo, existe una ocasión que quedará marcada en mi memoria.

No hacía mucho habíamos conocido a Gloria, una mujer casada y con hijos. En ese tiempo, hacíamos reuniones en una casa e invitábamos a los vecinos. Sin embargo, esa vez que nos reunimos ella no estuvo presente, por lo cual un grupo fue a visitarla en su casa. Grande fue mi sorpresa cuando me contaron que ese mismo día ella estaba pensando en suicidarse, y que la visita de los hermanos la animó y fortaleció.

La siguiente semana, al compartir más con ella, tuve la oportunidad de orar con ella. Fue una de las oraciones más sinceras que escuché en mi vida. Esta mujer clamaba pidiendo perdón por haberse querido suicidar, y entre lágrimas, agradecía a Dios por haberla rescatado desde el pozo más profundo, para que ella pudiera estar con nosotros ese día.

Creo que ese día ambas salimos bendecidas: ella, agradecida por lo que Dios está haciendo en su vida, y yo, sorprendida por cómo algo tan pequeño como una visita, puede hacer una diferencia tan grande en la vida de una persona. Y como dice una canción de Santiago Benavides: En Su lógica divina, inesperada, Dios utiliza las cosas más pequeñas, para hacer las cosas grandes.

Valeria Goiburu

 

¿Es este mi trabajo?

“Este no es mi trabajo” es una frase que escucho con relativa frecuencia, cuando hago seguimientos de los trabajos a realizar en la empresa en la cual trabajo como uno de los gerentes. El ser humano nace con un poder increíble de encontrar excusas, para no asumir responsabilidades.

¿Cuáles son realmente mis responsabilidades? Como gerente de una empresa, ¿no es suficiente que me encargue de que una vez por semana venga un capellán, les lea a los empleados unos versículos de la Biblia y ora con ellos? Mi responsabilidad es garantizar que la empresa funcione, genere rentabilidad, que los funcionarios cobren puntualmente su salario y con esto puedan mantener a sus familias. ¿Pero hablar de Jesús? ¿Guiarle a un funcionario en la oración de entrega de su vida a Jesús?

Gracias a Dios, me tocó este privilegio de ayudarle a uno de mis colaboradores a entregar su vida a nuestro Salvador Jesús. Él vino a mi oficina preocupado por una situación familiar y tenía miedo de perder su empleo, porque sabía que su papá es conocido mío ya hace muchos años, y como el conflicto en su familia era entre él y su padre, pensaba que yo estaría de lado del papá y que yo podría decidir despedirle al hijo.

Antes que nada, le aclaré que una cosa no tiene nada que ver con la otra y que su permanencia en la empresa depende exclusivamente de él, de su compromiso y los resultados de su trabajo.

Seguíamos hablando de su relación con sus padres, de su propia vida, de sus planes para el futuro. Él reconoció que no estaba viviendo una vida de acuerdo con la voluntad de Dios y que algún día quería poner todo en orden. Le pregunté, cuánto tiempo todavía le queda para arreglar su situación. Su respuesta fue “No lo sé.”

Seguí insistiendo con la siguiente pregunta: ¿Tienes la certeza de llegar con vida hoy a tu casa? Su respuesta fue “No”. En este momento me di cuenta que Dios le estaba tocando el corazón y le pregunté: ¿Sabías que puedes salir ahora de mi oficina como hijo de Dios? Él no lo sabía, y después de explicarle el camino, él accedió a la oración conmigo. Efectivamente salió de mi oficina siendo un hijo de Dios.

Yo no siento ningún llamado de Dios (todavía) para salir a predicar la palabra de Dios en las plazas, hospitales etc. Pero sé que mucha gente me observa en mi trabajo y se dan cuenta cuando lo realizo de forma íntegra, cuando mis actos durante la semana coinciden con lo que aparento ser el domingo en la iglesia. Y cuando Dios me da la oportunidad de ayudarle a recuperar una oveja perdida, con mucho gusto lo hago, y lo quiero seguir haciendo.

Isaak Penner

 

Locura santa

Varias veces fuimos al Ycuá Bolaños, una ruina de un supermercado siniestrado, para hablar con los drogadictos que viven allí. Les mostramos el amor de Dios, cantamos y les damos comida.

Una de las veces cuando, después del culto en nuestra iglesia, nos fuimos otra vez allá. De repente aparecieron dos policías que querían hablar con nosotros. Nos dijeron que había gente que llamó al 911 porque habían visto a extraños dentro del recinto del Ycuá Bolaños. Los policías nos dijeron que teníamos que salir porque no era un lugar público y porque era demasiado peligroso para nosotros entrar allí. Ya que uno nunca puede saber qué van a hacer los drogadictos. Para los policías era imposible protegernos si estábamos dentro de las ruinas.

Esta fue nuestra oportunidad para demostrar nuestra fe en Dios, no solamente a los drogadictos, sino también a los policías. Les dijimos que creemos en un Dios que es mucho más grande de lo que podemos imaginarnos. Creemos que Él nos va a proteger y si no lo hiciera, igual estaríamos seguros de que Él nos quería tener justo en ese lugar.

Sentíamos que para ellos era imposible entender esta actitud, pero nos permitieron entrar al lugar. Quizás empiecen a reflexionar sobre nuestras respuestas y algún día conozcan a Dios.

Después de contar este testimonio en la iglesia, una mujer se acercó a mí y me dijo que la Biblia dice que cuando predicamos la palabra de Dios, ésta no volverá vacía, y eso es cierto.

Daniel Isaak

 

Creciendo como grupo

Hace más de un año lidero a un grupo de crecimiento en mi lugar de trabajo (en el Poder Judicial). Nos encontramos todos los martes a la mañana para edificarnos y orar juntos. Solemos proponernos una lectura bíblica como tarea para casa y compartimos los martes lo que nos ha llamado la atención o lo que Dios nos ha mostrado en nuestra lectura.

Tuvimos así muchas muy lindas y edificantes reuniones. De vez en cuando participaron nuevas personas que vieron nuestras reuniones, como por ejemplo un agente de la Policía Nacional que nos vio orar. También pudimos experimentar cómo Dios escuchaba y contestaba nuestras oraciones.

Ya cuando nos habíamos acostumbrado a levantarnos más temprano los días martes (nuestra reunión es de 06:15-06:55), surgió la idea de ponernos nuevos desafíos, por ejemplo, compartir el evangelio con personas que no pertenecían a nuestro grupo.

Nos propusimos comprar frazadas, leche y algunas Biblias para repartirlas un jueves de noche en el Mercado 4. Tengo que admitir que yo, como líder de mi grupo, era probablemente la persona que menos deseaba hacer esto. Me sentía muy cómodo con las reuniones de los martes temprano. ¿Pero ahora “gastar mi tiempo” un jueves de noche en el Mercado 4 en vez de estar con mi esposa? En fin, mis ganas estaban en cero, pero igual decidí hacerlo.

Casi todos los integrantes del grupo podían asistir y entramos al Mercado 4. Tuvimos muy buenas conversaciones. En un abrir y cerrar de ojos repartimos todo lo que trajimos y pudimos orar por algunas personas. Muchos niños se quedaron mirándonos y preguntándonos si no teníamos también algo para ellos.

Una niña de unos diez años nos dijo que su abuela quería que nosotros oremos por ella. Fuimos con la niña y cuando entramos en la casita de la abuela, la niña dijo: “Ellos quieren orar por vos.” Nos causó un poco de risa cómo se dieron las oportunidades para orar por otros.

En fin, después de unos 45 minutos de “salida al campo” nos reunimos de nuevo con todo el grupo. Y todo el grupo estaba impactado por la experiencia. Motivados por esta gran experiencia, nos propusimos hacer algo parecido por lo menos una vez por mes. Hasta ahora cumplimos con nuestro compromiso.

Definitivamente estas salidas de nuestra zona de confort aumentan la calidad de nuestras reuniones de los martes.

¿Y tú, que leíste esto, intentaste formar tu grupo de crecimiento en la Facultad o en tu trabajo?

Tobias Redekop

 

Música que transmite amor

Un sábado me había ido con un grupo de jóvenes al IPS (Hospital del Instituto de Previsión Social) para compartir el evangelio de Jesús con la gente. Llevamos una guitarra y un violín para acompañar nuestros cantos en la plaza frente al Hospital para la gente que tenía familiares o amigos internados allí.

Mientras que íbamos cantando, los jóvenes entraban de a dos para evangelizar dentro del Hospital. Ya que quedamos entre pocos, decidimos no entrar esa noche y simplemente seguir cantándole a la gente que estaba afuera.

En un momento una mujer se acercó a nosotros y nos pidió que entremos al Hospital para cantarle a su marido que estaba ya en sus últimos suspiros. Como teníamos los instrumentos y estábamos entre cinco jóvenes, nos parecía difícil que los guardias nos dejen pasar, pero igual intentamos.

Gracias a Dios, nos permitieron entrar y subimos al quinto piso donde se encontraba este hombre. Cuando abrimos la puerta de la pieza vimos que no estaba sólo ese hombre. Estuvieron seis más, y todos se encontraban en muy mal estado de salud.

Cantamos algunas canciones y oramos con el hombre y su esposa y con algunos de los otros pacientes. Notamos que, a través de esas canciones, Dios pudo impartir su amor a cada una de las personas internadas y también a sus familiares.

Y nos dimos cuenta que con algo tan simple como la música podemos alegrarles el día y/o ayudarles a muchas personas a sentir la gracia y el amor inagotables de Dios.

Kiara Dyck

 

Busquen primero el reino de Dios y él se encargará del resto

Los domingos de tarde en los cultos de la Iglesia Menonita Concordia, al momento de ofrendar siempre ofrendaba lo que tenía a mano. Siempre estaba la tacañería, o también la falta de dinero para ofrendar, hasta que escuché y aprendí que todas las riquezas le pertenecen al Señor, y Él sólo nos presta para que administremos bien, honestamente a lo largo de nuestras vidas. Entendí que, en realidad, en la ofrenda le devolvemos a Dios lo que Él nos ha dado.

Llegó el próximo domingo con el culto habitual. Al momento de ofrendar tenía dos opciones. Una era una cantidad de dinero ínfimo similar a un pasaje de bus. Y la segunda era una buena suma para ofrendar. Yo pensé que tenía un poco más de monedas aparte para tomar el bus. Estaba tranquilo porque lo que necesitaba era sólo un pasaje.

Entonces pensé y dije: “No! El Señor me dio y ahora lo voy a devolver con gozo y de buenas ganas, porque de Él es todo.” Y opté por la segunda opción, tranquilo, sin preocupaciones.

Al terminar el culto, saliendo feliz para ir a agarrar el bus, grande fue mi sorpresa, que al buscar mi pasaje en todos mis bolsillos y lugares dónde podría haberlo guardado, no encontré nada. Me quedé a tres cuadras de la parada. Volví para ir a pedirle prestado a un hermano de la iglesia.

Dicho y hecho fui junto a un hermano a pedirle prestado. Él se quedó asombrado que le haya pedido un 500 guaraníes para el pasaje. Me lo dio y volviendo para tomar el bus sobre la Avenida Sacramento, una cuadra antes de cruzar la avenida, una pareja amiga mía se me cruzó en su auto. Frenaron y me preguntaron: ¿Para dónde vas? Les contesté que me voy a casa, sería a Roque Alonso. Y me dijeron: “¡Vamos pues!” Subí con ellos pensando que iban a dejarme en algún punto para tomar otro bus.

No fue así. Ellos ya estaban decididos a llevarme hasta mi casa. Al decirles que me bajen en tal calle, insistieron tanto que tuve que permitir que me llevaran hasta mi casa.

Este testimonio sonará como algo normal, pero Dios ya tenía cómo llevarme a casa al saber de antemano que le devolvería a Él casi todo lo que tenía en mis bolsillos para ofrendarle.

Y me quedé con este hermoso versículo: “Más bien, busquen primeramente el Reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.” Mateo 6:33

Renato Caballero